¿Las parejas acaban pareciéndose con los años? Lo que encontró un estudio con 517 matrimonios
Un famoso experimento de 1987 dijo que sí; una investigación de Stanford con muchos más datos llegó a otra conclusión. Por qué tantas parejas se parecen desde el principio.
Seguro que lo has pensado alguna vez al ver a una pareja de ancianos paseando de la mano: «Se parecen muchísimo». Es una idea muy extendida, casi un tópico: después de décadas juntos, los matrimonios acaban teniendo caras parecidas, gestos parecidos y hasta la misma forma de sonreír. La ciencia lo ha estudiado, y la respuesta es más interesante de lo que parece.
El experimento que lo hizo famoso
En 1987, el psicólogo Robert Zajonc, de la Universidad de Míchigan, publicó un estudio que se citó durante décadas. Reunió fotografías de parejas tomadas en el año de su boda y otras tomadas unos 25 años después. Luego pidió a voluntarios que juzgaran el parecido entre los rostros de los cónyuges, mezclados con fotos de desconocidos. Según sus resultados, las caras se veían más parecidas en las fotos de 25 años después que en las de la boda.
Zajonc propuso una explicación atractiva: la empatía. Las parejas que conviven imitan de forma inconsciente las expresiones del otro, sonríen y fruncen el ceño juntas durante años, y esos gestos repetidos irían moldeando los músculos y las arrugas de la cara de forma similar. El problema es que el estudio se basó en una muestra muy pequeña: apenas una docena de parejas.
La prueba con muchos más datos
En 2020, dos investigadores de la Universidad de Stanford, Pin Pin Tea-makorn y Michal Kosinski, decidieron poner a prueba la idea con muchos más datos. Publicaron su trabajo en la revista Scientific Reports. Reunieron fotografías de 517 parejas: imágenes de los primeros años de matrimonio y otras tomadas entre 20 y 69 años después.
Midieron el parecido de dos formas: con evaluadores humanos y con un algoritmo de reconocimiento facial. El resultado fue claro: las parejas sí se parecían entre sí más que dos desconocidos al azar, pero ese parecido ya estaba presente al principio de la relación y no aumentaba con los años. Tampoco encontraron que las parejas más felices se parecieran más.
Entonces, ¿por qué se parecen?
La explicación más aceptada se llama emparejamiento selectivo. Las personas tienden a elegir parejas que se parecen a ellas en muchos aspectos: edad, nivel educativo, origen cultural, valores, aficiones e incluso algunos rasgos físicos. No siempre es una elección consciente. Vivimos, estudiamos y trabajamos en entornos donde la gente se parece más a nosotros, y eso influye en con quién coincidimos.
También hay un factor de familiaridad. Muchos estudios han observado que tendemos a sentir cierta simpatía por lo que nos resulta conocido, y nuestro propio rostro, o el de nuestra familia, es de lo más familiar que existe. Esto podría hacer que, sin darnos cuenta, nos sintamos atraídos por personas con rasgos parecidos a los nuestros.
Lo que sí cambia con la convivencia
Que las caras no converjan no significa que las parejas no se influyan. Con los años es habitual que compartan hábitos: el horario de las comidas, el tipo de alimentación, la actividad física, el consumo de alcohol o el tabaco. Diversos estudios han encontrado que los cónyuges tienden a parecerse en algunos indicadores de salud, como el peso o ciertos hábitos de vida, en parte por esa convivencia y en parte porque ya eran parecidos al conocerse.
También pueden acabar compartiendo expresiones, muletillas, gestos o formas de reír. Esa sensación de «son iguales» puede venir más del lenguaje corporal y del estilo de vida que de la forma de la nariz o los ojos.
¿Y los perros que se parecen a sus dueños?
Es otro tópico popular, y en este caso hay algo de respaldo. En 2004, un estudio publicado en Psychological Science mostró a voluntarios fotos de dueños y de perros, y les pidió que adivinaran qué perro pertenecía a cada persona. Acertaron más de lo esperable por azar con los perros de raza, aunque no con los mestizos. Los autores lo interpretaron como una señal de que algunas personas eligen, quizá sin darse cuenta, un perro que se les parece.
La conclusión
Las parejas que se parecen probablemente ya se parecían cuando se conocieron. La idea de que el amor va «moldeando» las caras es bonita, pero los datos más amplios no la respaldan. Lo que sí parece cierto es que elegimos a personas cercanas a nosotros en muchos sentidos, y que, con el tiempo, compartimos rutinas, gestos y hábitos. Quizá no acabemos con la misma cara, pero sí con una vida que se parece mucho.
Shixart1985 / Wikimedia Commons (CC BY 2.0) · source
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